Es de las primeras compras que se hacen con ilusión: los primeros zapatitos. Y es también una de las que más se adelanta. Antes de que un niño camine, el zapato no le aporta nada; lo que necesita ese pie es justo lo contrario, moverse libre.

El pie del bebé no es un pie en miniatura

Al nacer, el pie es casi todo cartílago: muchos de sus huesos todavía no están osificados y no terminarán de estarlo hasta la adolescencia. Es blando, deformable y muy sensible a lo que lo rodea. Por eso lo que lo envuelve durante los primeros meses importa tanto.

Además, esa planta está llena de receptores nerviosos. El pie es, en esa etapa, un órgano de exploración: el bebé aprende dónde está y cómo es el suelo a través de él.

Por qué descalzo mientras gatea

No es solo criterio nuestro: la Academia Americana de Pediatría lo dice con todas las letras —en los primeros meses los pies del bebé se desarrollan mejor si no están metidos en zapatos, y con calcetines basta para abrigarlos.

¿Y si hace frío?

Entonces calcetines antideslizantes o patucos de suela blanda, del tipo que se dobla entero con la mano. Abrigan igual y dejan que el pie siga haciendo su trabajo. Lo que no toca todavía es un zapato con suela rígida.

Y un apunte que tranquiliza a muchos padres: los pies fríos al tacto no significan que el bebé tenga frío. Las manos y los pies siempre están más fríos que el resto del cuerpo a esa edad; para saber si tiene frío o calor, se toca el pecho, la tripa o la nuca.

Cuándo llega el primer zapato de verdad

Cuando el niño camina de forma autónoma y sale a la calle. Ese es el criterio, no la edad: según los datos de la OMS, hay niños que caminan solos a los nueve o diez meses y otros que no lo hacen hasta los diecisiete, y todo eso entra dentro de lo normal.

Y aun entonces, el zapato es para la calle. Dentro de casa, descalzo siempre que el suelo sea seguro, también cuando ya camina.

Cómo debe ser ese primer zapato

Cuándo consultar

La mayoría de cosas que preocupan a esta edad son normales y se resuelven solas. Merece la pena una consulta si a partir de los dos años ves que camina de puntillas de forma constante —y con más motivo si es solo con un pie—, si mete o saca mucho los pies, si hay una diferencia clara entre un pie y el otro o entre las dos piernas, si cojea, si se cae mucho más de lo esperable para su edad o si se queja de dolor.

Y hay tres cosas que van directas al pediatra, sin esperar: que a los dieciocho meses todavía no camine solo, que deje de hacer cosas que ya hacía, o que notes un pie rígido que no puedes colocar bien con la mano. Con el pie del niño casi todo llega a tiempo, pero solo si alguien lo mira.

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