El pie de un niño no es un pie de adulto en pequeño: está formándose, y no termina de hacerlo hasta bien entrada la adolescencia. Durante todos esos años el zapato no es un accesorio, es parte del entorno en el que crece ese pie. Por eso merece la pena dedicarle diez minutos a elegirlo.
Las diez claves
- Que sujete bien el talón. El contrafuerte —la pieza trasera— tiene que ser firme para que el pie no baile dentro. Sujeción no es rigidez: el tobillo tiene que poder moverse con libertad.
- Plantilla interior plana y flexible. Los arcos y almohadillas «anatómicas» que trae de serie el calzado infantil no corrigen nada: una revisión Cochrane concluyó que, sin dolor, no hay evidencia que respalde el uso de soportes plantares en niños sanos con pie plano flexible. Si un niño necesita un soporte, se lo pauta un podólogo después de explorarlo.
- Sin tacón o con muy poco, medio centímetro o uno. Lo que hay que evitar es la altura: no hay ninguna razón para que un niño lleve tacón.
- Materiales naturales, piel o tejidos transpirables. Los pies de los niños sudan muchísimo, y el sudor atrapado favorece las infecciones por hongos.
- Cierre de cordones o de velcro, que permita ajustar de verdad. Un zapato que entra y sale sin desabrochar es un zapato que le queda grande.
- Suela flexible pero con algo de cuerpo. Debe doblarse por donde dobla el pie, en la zona de los dedos, no por la mitad.
- Un centímetro de holgura por delante entre el dedo más largo y la puntera, medido con el niño de pie. Ojo: el dedo más largo no siempre es el gordo.
- Ancho suficiente en la zona de los dedos, para que puedan moverse y separarse. La puntera estrecha y puntiaguda es la responsable de buena parte de las uñas encarnadas que vemos.
- Compra al final del día. El pie se hincha con las horas, y un zapato probado a las diez de la mañana aprieta a las siete de la tarde.
- Nunca «un número más para que le dure». Un zapato grande obliga al niño a agarrarse con los dedos para que no se le salga, exactamente igual que una chancla.
En casa, mejor descalzo
Todo lo anterior es para la calle. En casa, y siempre que el suelo sea seguro, lo mejor para un pie que está creciendo es estar descalzo o con calcetines antideslizantes. Los estudios en niños que crecen habitualmente descalzos encuentran arcos más altos y pies más flexibles.
Los errores más frecuentes
- Fiarse solo del número. Las tallas varían muchísimo entre marcas. Lo que vale es probar y medir la holgura con el niño de pie, no sentado. Y no es un detalle menor: un estudio con más de ochocientos niños encontró que siete de cada diez llevaban el calzado de calle demasiado corto, y que cuanto más corto era el zapato, mayor era la desviación del dedo gordo.
- Preguntarle si le aprieta. Los niños pequeños se adaptan a lo que hay y dicen que no les molesta hasta que el problema ya está montado.
- Heredar calzado muy usado entre hermanos. No hay estudios que lo hayan medido, pero un zapato muy rodado llega con la suela gastada de forma asimétrica, y ese desgaste no corresponde a la pisada del segundo. Si vas a reutilizar, mira dos cosas: que la suela no esté gastada de un lado y que el contrafuerte del talón siga firme. Si están bien, no pasa nada.
- Botas rígidas «para que le sujeten el pie». Salvo indicación de un profesional, un pie sano no necesita que lo inmovilicen.
Cada cuánto hay que cambiarlos
Los pies crecen deprisa y a distinta velocidad según la edad. El estudio que lo midió con más detalle concluyó que hay que revisar la talla cada dos o tres meses entre el año y los dos años y medio, cada cuatro meses hasta los cuatro años y cada seis meses de los cuatro a los seis. Lo práctico: comprueba tú misma la holgura cada dos o tres meses y no esperes a que el zapato «se le quede pequeño», porque para entonces lleva semanas apretando.
Qué problemas evita acertar con el calzado
Un calzado inadecuado, mantenido durante años, está detrás de buena parte de lo que vemos en consulta infantil: uñas encarnadas por punteras estrechas, desviación del dedo gordo por zapatos cortos, durezas y ampollas por roces repetidos, y un ambiente húmedo que favorece las infecciones por hongos.
Cuándo llevarlo al podólogo
No hay una edad oficial para una primera revisión, ni un cribado establecido. Si el niño no se queja y camina con normalidad, no hay ninguna urgencia: la mayoría de las cosas que preocupan a estas edades se resuelven solas, y un pie plano flexible sin dolor no necesita tratamiento.
Tiene sentido consultar si notas que camina raro, que se cansa antes que otros niños o se niega a andar distancias normales, si desgasta el calzado de forma muy desigual, si cojea o si te dice que le duelen los pies. Que meta o saque los pies al andar también se puede mirar, aunque conviene saber que la mayoría de esas rotaciones se corrigen solas con el crecimiento.
El dolor de piernas por la noche merece un párrafo aparte. Lo más habitual son los llamados dolores de crecimiento: afectan a uno de cada cuatro niños, suelen ser en las dos piernas, aparecen por la tarde o la noche y no tienen que ver con el pie. Eso lo valora el pediatra, no el podólogo. Y hay que consultar con él sin esperar si hay fiebre, cojera, alguna articulación hinchada, si duele siempre en el mismo punto de una sola pierna, o si el niño está decaído o come menos. Al podólogo tiene sentido traerlo cuando lo que duele son los pies.