Mucha gente llega al podólogo por primera vez después de aguantar meses. Y casi siempre por el mismo motivo: no tenía claro si «era para tanto», si hacía falta que se lo mandara el médico, o qué se iba a encontrar al entrar. Así que vamos a quitar esas tres dudas de en medio.
No necesitas volante ni derivación
El podólogo es un profesional sanitario de acceso directo, con autonomía técnica y científica propia reconocida por la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias. Eso significa que tiene competencia legal para explorar, diagnosticar, tratar y prescribir dentro de su ámbito, que es el pie. No necesitas que te derive tu médico de cabecera ni ningún papel: pides cita y ya está, igual que con el dentista.
Tampoco hace falta que te duela mucho. De hecho, la mayoría de cosas que tratamos serían mucho más sencillas si se hubieran visto antes.
Qué pasa en la primera visita
Dura entre 30 y 45 minutos y va más o menos así:
- Hablamos. Qué te pasa, desde cuándo, si te duele al caminar o en reposo, a qué te dedicas, cuánto tiempo pasas de pie, qué deporte haces. Esta parte parece de trámite y es la que más orienta.
- Miramos el pie. Piel, uñas, zonas de presión, la forma en la que apoyas, la movilidad de los dedos y del tobillo.
- Tratamos. En la mayoría de primeras visitas se realiza ya la quiropodia completa: durezas, callos, uñas. Lo habitual es salir de la consulta con el tratamiento hecho y no solo con una cita para otro día, aunque hay casos —una uña encarnada complicada, una verruga plantar— que necesitan varias sesiones. Si es el tuyo, te lo decimos en el momento.
- Te explicamos. Qué hemos visto, si hay algo que vigilar, cada cuánto conviene volver y —si hace falta— si tiene sentido hacer un estudio de la pisada.
Cómo prepararte: siete cosas
- Ven sin esmalte de uñas. El esmalte tapa el color de la lámina, y el color de la uña es información: nos dice si hay hongo, hematoma o algo que mirar con más calma.
- Apunta la medicación que tomas. Anticoagulantes, corticoides, inmunosupresores… hay tratamientos que cambian cómo trabajamos.
- Dinos si tienes diabetes, problemas de circulación o alguna alergia, sobre todo a anestésicos, al látex o al yodo. Esto no es un trámite: cambia el protocolo.
- No te cortes las uñas justo antes. Cuesta creerlo, pero venir «arreglado» nos deja sin margen para trabajar bien y sin ver de dónde viene el problema.
- Evita cremas e hidratantes ese día. El pie resbala y el instrumental no agarra igual.
- Trae el calzado que usas a diario, el de verdad, no el bueno. El desgaste de una suela cuenta muchísimo sobre cómo pisas.
- Si vienes a un estudio de la pisada, ven con pantalón corto o con un bañador debajo. Necesitamos ver la rodilla y la pierna, no solo el pie.
¿Y si me da vergüenza cómo tengo los pies?
Lo decimos en serio: es lo que más nos repiten al entrar y es lo que menos importa. Trabajamos con pies todos los días, incluidos los que llevan años sin ver a nadie. Venir con las uñas descuidadas o con durezas de hace tiempo no es un motivo para no venir; es exactamente el motivo para venir.
Cuánto cuesta
La consulta en la clínica, con la quiropodia incluida, cuesta 28 €. Si no puedes desplazarte, existe la visita a domicilio por 40 €, que realiza siempre la podóloga Ana Ortiz.
Cada cuánto hay que volver
Depende del pie. Lo habitual está entre seis y ocho semanas si hay durezas o uñas que se complican, y una o dos veces al año si solo es revisión. En la primera visita te lo concretamos según lo que veamos, no antes.